Para el final de la Segunda Guerra Mundial, Europa se encontraba totalmente devastada. Japón había sido arrasado por los bombardeos y la humanidad había presenciado los horrores de los campos de concentración y las bombas atómicas. Más de 50 millones de personas, entre civiles y militares, habían perdido la vida. Muchísimas más se encontraban heridas, mutiladas, enfermas o sin hogar. Ya nada volvería a ser igual. Las potencias imperiales comenzaron su camino de disolución definitivo. El retiro de potencias europeas de sus colonias, y el estallido de revoluciones nacionalistas, provocarían un cambio masivo en el sistema político internacional durante las décadas siguientes. Tan sólo basta con comparar mapas, ya que, al promediar la década de 1940, existían en el mundo cerca de 70 estados soberanos, y tan sólo treinta años después, esa cifra se había incrementado en cien. Las fronteras europeas volvieron a sus límites originales, y los países vencidos fueron ocupados por las fuerzas aliadas. La Conferencia de Yalta, celebrada en febrero de 1945 entre Roosevelt, Churchill y Stalin, decidió el futuro de Europa. Se acordó que la Unión Soviética mantendría su influencia en los países del este ocupados por el Ejército Rojo. También se acordó la división de Alemania en cuatro zonas de ocupación, reteniendo la Unión Soviética el sector este, y Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia los sectores del oeste, mientras que la capital alemana, que se encontraba en el sector soviético, también se sometió a la misma división. Con Europa devastada, los Estados Unidos surgieron como la potencia más poderosa del orbe. Su papel político en las relaciones internacionales era innegable, sus fuerzas armadas se habían convertido en las más poderosas del mundo y la economía estadounidense se había motorizado durante la guerra, creando diversas industrias pesadas. Pero con el afianzamiento de los Estados Unidos, también desaparecieron las relaciones de amistad que durante la guerra estuvieron obligados a mantener con la Unión Soviética.

Este país, no obstante haber sido arrasado por los ejércitos alemanes, mantenía la ocupación de casi todo el este europeo, con un formidable ejército. El régimen político soviético se encontraba en la antípoda de los sistemas políticos occidentales. La lucha por el poder internacional, hizo que las potencias occidentales y la Unión Soviética comenzaran a verse como enemigos. Así, en 1947, el presidente de los Estados Unidos Harry Truman, proclamó la intención de oponerse a la expansión soviética en el globo, lo que se conoció como la Doctrina Truman. La Guerra Fría Estaba en marcha. Fue así que luego de la Segunda Guerra Mundial, surgió un nuevo orden mundial que estuvo signado por el dominio de dos grandes potencias, los Estados Unidos y la Unión Soviética, bajo las cuales se alinearon diferentes naciones del mundo, conformando así dos grandes bloques que iniciaron una competencia por el poder mundial. Los próximos cuarenta años estarían signados por la lucha por el dominio económico, la carrera armamentista, la carrera espacial, y por una serie de conflictos de diversa intensidad que estallaron en países subdesarrollados, lugares en donde las dos potencias hegemónicas preferían resolver sus disputas militares, antes que enfrentarse directa y abiertamente, lo que seguramente habría desencadenado otro conflicto mundial, e incluso, hasta un posible holocausto nuclear. Es así que, durante más de cuatro décadas, el orden bipolar surgido luego de la Segunda Guerra Mundial, marcó los destinos del mundo entero, hasta que, finalmente, la Unión Soviética, colapsó por su propio peso, y el orden bipolar, pasó a ser un tema de estudio más de las relaciones internacionales.
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